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martes, 15 de enero de 2008

RAFAEL IGLESIAS TERROR DE CONTRABANDISTAS

Un amigo me ha remitido este magnífico artículo, y lo cuelgo aquí como prueba de nuestra larga historia, de las antiguas e íntimas relaciones Marina Mercante-Armada-Resguardo de Hacienda, y de que los jefes casi nunca reconocen tu trabajo.


Artículo de Antonio Atienza Peñarrocha

La Historia Naval española no es sólo un grupo de almirantes y de buques de línea. También es el sacrificio, esperanzas y decepciones de millares de marinos que jamás figuraron en los libros, pero cuya abnegación, esfuerzo y sangre fueron la base de algo casi milagroso: el mantenimiento del inmenso imperio ultramarino, pese a que la inferioridad naval española frente a otras potencias interesadas en el Nuevo Mundo fuese casi siempre manifiesta, abismal, a veces. Uno de los que, con medios insignificantes, contribuyó a mantener las comunicaciones con América y a limpiar el Caribe de bucaneros y contrabandistas fue Rafael de Iglesias. He hallado casualmente su nombre, al revisar uno de los miles de legajos del Archivo de la Marina, y me ha impresionado tanto su extraordinaria trayectoria como la mezquina recompensa recibida.

En la primavera de 1.802, Rafael de Iglesias, primer piloto, capitán de pliegos del Real Servicio y comandante del modesto guardacostas “Dulce Nombre de Jesús”, con base en Santiago de Cuba, solicitó al Rey su ascenso a Capitán de Mar y Guerra, y permanecer en aquel destino, porque allí llevaba muchos años y allí residía su familia. Con ese fin redactó su hoja de servicios, que sirve tanto para conocer su valerosa trayectoria, como la azarosa existencia de aquellos hombres de mar dedicados a mantener el imperio colonial.

El mensajero.

El 31 de enero de 1.782, en plena Guerra de la Independencia Norteamericana. Iglesias se encontraba en Cádiz como primer piloto de la fragata mercante “San José”, cuando se le ordenó que tomara el mando del falucho de la Real Hacienda, la “Virgen del Carmen y San Antonio” y se diese a la vela al día siguiente. El uno de febrero, de madrugada, recibió los pliegos, uno de los cuales debía abrirlo cuando se hallase a cinco leguas de tierra. Zarpó a las siete de la mañana y cuando abrió la carta casi se desmaya a causa de la sorpresa: había sido militarizado y debía dirigirse hacia Santo Domingo, donde estaban la escuadra de José Solano y el ejército de Bernardo Gálvez, destinatarios de la correspondencia. Si cuando llegara allí no los encontrara, debía dirigirse a la Habana o a dondequiera que pudieran estar, “A precaución de que encontrándose con enemigos, no intercepten los pliegos de que va encargado, los llevará atados a peso grave para arrojarlos al agua, de manera que se sumerjan, como los enemigos no los puedan tomar, y lo mismo ejecutaría con esta instrucción y derrotero en el último apuro de ser irremediable su apresamiento”.

La responsabilidad debió abrumarle, pues cruzar el Atlántico en pleno invierno en un falucho no era tarea fácil y aún más difícil si el viaje no estaba preparado y desconocía a su minúscula tripulación, con la que había tomado contacto el día anterior. Sin embargo, logró llegar en dieciocho días a Puerto Rico. Cerca de Arecibo fue perseguido por una fragata inglesa, la cual le disparó. Iglesias quiso refugiarse en la rada de Arecibo, pero la fortaleza que guardaba el lugar, desconfiando, le recibió a cañonazos. La fuerte marejada le impedía acercarse a la playa, por lo que un marinero se echó al agua, llegó a nado a tierra e informó a la fortaleza. Les respondieron advirtiéndoles que la mar estaba dominada por los ingleses. Las informaciones recibidas orientaron a Iglesias, que se hizo a la mar y logró llegar a Guarico, donde entregó los pliegos.

No tuvo reposo. Bernardo Gálvez le envió de inmediato a la isla de la Tortuga a cargar tablones, que eran necesarios para el parque de artillería. De regreso, fue enviado con mensajes para la fortaleza de Mulo – o Muelle de San Nicolás – guarnecido por el Regimiento de Infantería de Hibernia.

El peligro inglés.

De allí, el 6 de mayo de 1.782, burlando el bloqueo de siete navíos ingleses, navegó hasta Baracoa, recogió el correo de la Habana y, de nuevo, puso rumbo hacia el Mulo. Durante esa travesía fue atacado por una fragata inglesa, que le cortó la retirada. Iglesias optó por refugiarse en el puerto de Mata, una rada de poco fondo, pero la fragata botó la lancha y el bote de remos repletos de soldados, para capturarle. Iglesias avanzó a remo y a vela hacia la playa, tomó los documentos y ordenó abandonar el barco: “no tuve más tiempo que luego que tocó el falucho salté por la proa al agua con los pliegos en la cabeza con sola la ropa que tenía vestida que era más poca y ordinaria”, mientras desde la lancha y el bote los infantes de marina británicos disparaban sus fusiles. Se adentró varios kilómetros con sus hombres en el bosque, enterró los pliegos y después retrocedió sobre sus pasos. Los británicos, tras saquear y cortar los palos del falucho, le prendieron fuego y se retiraron.

Iglesias y sus hombres encontraron a unos milicianos de Baracoa, que llevaron un mensaje suyo al gobernador. Este envió un destacamento, al que entregó el correo y, a la mañana siguiente, Iglesias y su tripulación pusieron en condiciones de navegar al falucho, cuyo casco sólo estaba chamuscado. Al día siguiente, a las cuatro y media de la tarde, tras bogar 24 horas con unos remos provisionales, entraron en Baracoa.

Como el falucho estaba inservible para un viaje largo, Iglesias solicitó al gobernador una embarcación para cumplir su cometido. Con una pequeña canoa, cuatro marineros y de nuevo con los pliegos en su poder, Iglesias se hizo a la mar, a remo, esa misma noche. A las cinco de la tarde del día siguiente avistó de nuevo a la fragata inglesa, pero esta no descubrió la minúscula barquita. Oculto entre dos aguas, Iglesias esperó a que la fragata se alejara, hasta que cayó el sol. Veinticuatro horas después, entraba con sus hombres en el Mulo de San Nicolás y entregaba la correspondencia.

Su nueva misión, consistió en socorrer a una fragata mercante americana, cargada de harina comprada por el rey de España. La fragata, acosada por los británicos, había varado. Iglesias llegó con un nuevo falucho, al cual trasladaron algunos de los cañones de la fragata, para aligerarla, remolcándola seguidamente al Mulo.

Rafael de Iglesias consiguió un respiro y los pertrechos para reparar su falucho. Con ellos, llegó a Baracoa, en cuyos astilleros se reconstruyó la obra muerta, destruida por el incendio. El día 11 de septiembre partió con la correspondencia de la Habana hacia el Mulo, pero, ya muy cerca del destino, fue sorprendido por una balandra de catorce cañones, sin bandera. Iglesias receló de ella por lo mucho que se aproximaba y ordenó remar para aumentar la velocidad. Cuando se apercibió de que la balandra le imitaba, echó al mar el bote de a bordo, para aligerar el falucho. Pero, durante la operación, cayó un marinero al agua. Se impuso quedarse al pairo para recogerlo y entonces la balandra, ya muy próxima, vomitó una descarga de fusilería por barlovento. Iglesias no lo pensó dos veces: cogió los documentos, saltó al bote con sus marineros, que bogando como posesos se dirigieron a la costa, escapando a la persecución de la balandra. Los ingleses capturaron el falucho y se lo llevaron a Jamaica, pero Iglesias entregó los mensajes.

Estaba comenzando a labrarse una pequeña leyenda: llevaba medio año en el Caribe y había desempeñado con éxito numerosas misiones, burlando la persecución de barcos muy superiores en porte y armamento y hallando en cada trance, con gran serenidad, las soluciones más adecuadas. En octubre, fue destinado a Guarico y nombrado comandante del balahú (pronunciado balajú, una pequeña goleta) “El Fiero Gálvez”, fondeado en Puerto Príncipe. Zarpó hacia este puerto en un balandro francés, pero éste fue capturado por un corsario británico Porquin, que le desembarcó en una playa con lo puesto.

El Fiero Gálvez

Ni eso arredró a Iglesias, que, tras múltiples vicisitudes, pudo tomar posesión del Fiero Gálvez con el que realizó diversos viajes entre Baracoa y el Mulo, cuando, en diciembre, recibió un encargo importante: debía buscar la flota española que había salido desde La Habana hacia Guarico, y avisarla de que, en su punto de destino, le esperaba una escuadra británica. Iglesias recorrió aquellas aguas durante doce días, en los cuales fue perseguido por una fragata y un bergantín ingleses, de los que escapó gracias a la velocidad de su balahú y a su pericia como piloto. Mientras buscaba a la flota, se desató un crudo temporal que le empujó hasta Monte Christi, donde se topó con Porquín, casi a tiro de cañón. El corsario le persiguió hasta la rada donde se había refugiado y allí le hostigó con una lancha cargada de hombres armados, pero Iglesias les obligó a retirarse, manejando con acierto los cañones del balahú, que si eran muy livianos para medirse con un barco de cierto porte, sus disparos podrían resultar demoledores para la lancha corsaria.

Lo irónico – tan frecuente en aquellos conflictos de comunicaciones precarias – es que después de tantos trabajos fue informado de que había de abandonar su misión, pues se estaba negociando la paz.

Su siguiente misión casi le cuesta la vida: llevando mensajes a Bernardo de Gálvez, que se hallaba en la Habana, le sorprendió un temporal que le rindió el trinquete y le destrozó el timón, pese a lo cual alcanzó su destino y entregó los documentos al general.

Con la paz, el balahú y el propio Iglesias fueron dados de baja de la Armada y volvieron a la Real Hacienda, el 9 de agosto de 1.784. Pero se le requirió, encargado por el Capitán General de Cuba, que viajara a Jamaica e informara a las autoridades inglesas del final de las hostilidades.

Policía costera

Pasó entonces al servicio de guardacostas de Santiago de Cuba, tomando el mando de La Gavilana, capturando con ella diversos buques contrabandistas. En una ocasión auxilió al guardacostas Isabela, que se enfrentaba a un balahú contrabandista propiedad de José González de Bayazo, colaborando decisivamente a su rendición y captura. También capturó a las goletas María Ana, cargada de piezas de tejido, y Nuestra Señora del Rosario, que transportaba barriles de cacao, tejidos y herramientas.

Después, devuelto a la jurisdicción de La Habana, pasó a Honduras, donde abordó y capturó un guairo inglés. La suerte le dio entonces la espalda: cuando La Gavilana se dirigía a la Habana para carenar, un huracán le hizo naufragar. Se salvó a duras penas, contrayendo una enfermedad causada por el frío, la deshidratación y el hambre. Pero no era Iglesias un marino al que arredrasen las dolencias: aún enfermo, se hizo cargo de otro guardacostas, La Dolores, con el cual se apoderó de un barco sospechoso, en el que descubrió gran cantidad de plata acuñada.

La acumulación de éxitos le granjeó la confianza de sus superiores, que le iban confiando barcos de mayor porte. Con el bergantín guardacostas San José, alias El Pineda, capturó, el 11 de abril de 1.790, al sur de Cuba, una balandra inglesa y poco después, una goleta contrabandista también cargada de cueros… Su diligencia, habilidad y fortuna fueron extraordinarias en 1.791: en un semestre apresó cuatro barcos cargados con contrabando de caoba, cueros y carne. Tan brillante trayectoria le mereció que el intendente de la Habana recomendara su solicitud de una Capitanía de Mar y Guerra, pero el rey la denegó. Diez años de riesgos, combates, temporales y misiones, siempre cumplidas con éxito, eran una bagatela para las autoridades de la Armada de Carlos III.



Haciendo méritos.

Iglesias continuó en el servicio, con más entrega aún que antes. El apresamiento de la goleta Santa Rosalía es buena muestra de su celo: la interceptó cerca del cayo de Guincho, el 13 de julio de 1.792 y descubrió que transportaba esclavos desde Africa, pero como sólo llevaba seis, entró en sospecha e inspeccionó las bodegas, descubriendo “cargamento de géneros prohibidos”. Era un contrabandista, disfrazado de negrero, infame tráfico que aún era legal.

Luego capturó la goleta Nuestra Señora de la Concepción, con contrabando de “caoba, palo fustete, cueros al pelo y tabaco torcido”; el guairo Nuestra Señora de Regla con “un envoltorio forrado de arpillera que contenía géneros de contrabando”. Detuvo numerosos barcos, dos extranjeros entre ellos: la goleta francesa Isabela, “después de haberle dado caza y tirándole tres cañonazos” y un balahú británico armado, que se rindió después de dos horas y media de lucha.

Al año siguiente sorprendió a un bergantín británico: “ … habiendo fondeado el día diez y ocho de enero del mismo año (1.793) en el puerto de Gibara rumbo del Norte de esta Isla ( de Cuba) dejando registrados los surgideros de sotavento, al siguiente esquifó (botó) la lancha y mandó registrar a los de barlovento de Samá …”. La lancha le dio la noticia de que había avistado un bergantín inglés fondeado. Iglesias se dirigió al puerto de Samá “en cuya boca se ancló dando al propio tiempo todas las órdenes convenientes para lograr el apresamiento de dicho bergantín: que inmediatamente despachó gente por tierra para reconocer las fuerzas del buque, cuyos individuos retornaron diciéndole que estaba cargando madera de guayacanes y fustete las que le conducía una goleta porque por la poco agua no podía el mencionado bergantín atracar más a tierra; que tenía ocho portas de cañones (por banda, es decir, dieciséis cañones) y mucha gente sobre la cubierta”.

Es decir, el bergantín – bien armado y con mucha marinería – no podía acercarse a la costa a causa de su calado y lo cargaban utilizando una goleta como gabarra. Iglesias puso rumbo a Samá. Sabedor del poco fondo de la rada y de que su entrada era un canal angosto, que impedía el viraje, determinó esperar al bergantín a la salida. Patrulló por las cercanías hasta que al día siguiente, a las seis de la mañana, advirtió que lo remolcaban hacia mar abierta. Iglesias “se puso en son de batalla y habiéndole avistado a las siete aseguró gallardete y bandera tirándole un cañonazo con bala (señal de que se detuviera para ser inspeccionado), al que correspondió el mismo bergantín en iguales términos, continuando haciendo fuego por cuyo motivo me fue preciso hacer lo propio hasta que (el guardacostas) consiguió echarle a pique”. Es decir, Iglesias, demostrando su competencia como marino, aprovechó la salida del contrabandista para dispararle con todas sus armas por la proa, pues, aunque aquel bergantín era de mayor entidad que su guardacostas, se hallaba en una situación de suma debilidad.

Mientras el barco contrabandista se hundía, “ los individuos de la tripulación del predicho bergantín sólo atendieron a recoger sus equipajes y profugar incendiando el buque por varias partes; por cuya causa y ser tanto el fuego que se levantó no fue posible (…) acercarse a apagarlo por lo cual sólo pudo cogerse diez cañones de hierro de varios calibres y una ancla, como también una lancha o bote “. A continuación Iglesias echó su lancha al agua y penetró en el puerto, apresando la goleta conductora de las maderas, que fue encontrada sin gente ni velas y, posteriormente, adjudicada a la Real Hacienda …”.

Nada fue suficiente

Otro relato de sabor naval narra su caza de un buque sospechoso: “ … en diez y nueve de agosto (de 1.793) habiendo salido del puerto de Matanzas (…) y avistado una goleta a distancia como de legua procedió a darle caza y sin embargo de haber izado el gallardete del Rey con un cañonazo para que viniera al habla hizo fuerza de vela para escaparse, pero al fin logró alcanzarla y echando el bote al agua pasó a bordo de la citada goleta … (hallando) la cantidad de dos mil quinientos sesenta y cuatro pesos siete reales (de contrabando) por lo que se declararon caídos en pena de comiso…”.

El contrabando de materias primas, sobre todo maderas preciosas y tintóreas, cueros y tabaco debía ser muy beneficioso por lo que atraía a contrabandistas extranjeros, pero, sobre todo, a españoles y criollos. Los británicos solían introducir tejidos y manufacturas.

Durante la Guerra de la Convención transportó víveres, pólvora, medicinas y pertrechos a diversos puertos del Caribe. También participó en la posterior guerra con Gran Bretaña, como correo de la escuadra del brigadier Francisco Montes. Sorteando la vigilancia enemiga, llevó órdenes a Campeche y a Veracruz. De regreso a La Habana, participando en diversos transportes de tropas entre Santiago y la capital cubana, burlando y escapando de los británicos en su frágil barquito. Mientras tanto, los ingleses se enseñoreaban del Caribe, ocupando el Mulo de San Nicolás y la isla de Trinidad, hostigando Puerto Rico y cortando “casi” todas las comunicaciones hispánicas. Un “casi”, que se debía a marinos como Iglesias.

En 1.799 pasó de la Habana a Santiago de Cuba, tomando el mando del Dulce Nombre de Jesús, yendo al corso, vigilando a los enemigos, capturando buques, registrando velas sospechosas y deteniendo contrabandistas como el Nuestra Señora del Carmen, cargado de “varios géneros y efectos extranjeros”.

Sus superiores destacaban su entrega y su honradez, pero también su valor: “ … con motivo de estar en carena el expresado Guardacosta, ha salido varias veces con el esquife auxiliar al celo y persecución del tráfico ilícito, a conducir a Baracoa pertrechos de guerra, en ocasión que estaban bloqueados de los ingleses enemigos este puerto y aquel …”.

Con ese mínimo esquife capturó la goleta contrabandista La Caridad, lo que evidencia su valor y resolución.

La burocracia prosa del informe no puede borrar el riesgo de estas hazañas. Fueron personajes como Rafael Iglesias los que atravesaron las redes tendidas por los británicos entre Cartagena de Indias, Veracruz y La Habana, portando información, órdenes, tropas y capturando corsarios y contrabandistas.

Después de tantos servicios prestados durante veinte años, en mayo de 1.802, Rafael Iglesias solicitó que se le mantuviera en santiago de Cuba y el ascenso a Capitán de Mar y Guerra, título que le permitiría mandar su buque con jurisdicción militar. El Gobernador de Santiago le apoyó ante el ministro de Marina. Su petición debió ser rechazada, pues Rafael de Iglesias jamás ingresó en el Cuerpo General de la Armada.

No es extraña esta actitud en la administración de Carlos IV, pues Iglesias carecía de la estirpe e influencia que allanaban el camino de un oficial de marina. Esta actitud aristocrática y despectiva del gobierno socavaba los cimientos del poder naval español que habían puesto hombres más tolerantes y pragmáticos. De ello eran conscientes los auténticos marinos y no es casualidad que el liberalismo prendiera en hombres de mar, como Malaspina o Ciscar, ni que el absolutismo odiara a la Marina, como se vería en el reinado de Fernando VII.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Genial! gracias por compartirlo!